EL TESORO DEL REY DE LOS PIRATAS

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Dentro de poco más de doscientos años la mitad de las palmeras se habrían convertido en hoteles de cristal y cromo y la isla entera sería un resort para turistas de piel enrojecida por el sol, amiguitas en topless y pulseras de todo incluido que más de uno perdería nadando cerca de los arrecifes o en el jacuzzi ante la puesta de sol, pero ahora era todavía un mundo virgen de cocoteros y loros parlanchines y olas que morían mansas al llegar a la orilla, como si hubieran cruzado sin la ayuda del viento toda la distancia que media entre Europa y las Indias.

No parecía que nadie hubiera pisado antes aquellas arenas doradas, como si el barco que esperaba a unas pocas docenas de metros de los bajíos, un galeón, hubiera sido el primero en descubrirlas, aunque todos sabían que no era el caso. Habían plegado las velas y solo ondeaba, con desgana, la bandera negra con las dos tibias y la calavera.

Antes de ser un resort, antes de ser un paraíso de ensueño para quienes pueden pagarse el paraíso en la tierra, la isla había sido refugio de piratas y parada en el comercio de esclavos.

Los piratas se detuvieron nada más bajar de los dos botes. Eran feos, sucios, desdentados y greñudos, como suelen serlo los piratas. Iban descalzos casi todos ellos, porque las botas de mosquetero solo sirven si montas a caballo, y en el mar no se cabalga. Los guiaba un hombre gordo de barba a medio pecho, nariz como una fresa y sombrero negro calado hasta las cejas. El capitán Bala Roja. Sus hombres lo seguían.

Todos estaban contentos. No tanto por efecto del ron, que en el Caribe se bebe como si fuera agua y, como si fuera agua, se suda y no emborracha, sino porque, por fin, después de tantos años de búsqueda, de tantas puñaladas y asesinatos por la espalda, de tantos robos y sobornos, de tantos engaños, habían llegado.

La isla secreta de Lafitte, el terror del Golfo, el héroe de Nueva Orleans, el tifón de las Antillas, el libertador de Luisiana, el rey de Barataria.

Aquí, lo decía aquel mapa que le habían arrancado de entre los dedos cuando exhaló el último suspiro en Yucatán, estaba enterrado el mayor de sus tesoros.

Un tesoro que ahora compartirían entre sí. O al menos lo compartirían los que sobrevivieran a los disparos, las cuchilladas y los venenos que tarde o temprano acabarían por aparecer cuando la codicia les nublara la sesera.

El mapa era claro y no tuvieron pérdida. Veinte pasos hacia la roca con cara de oveja. Otros diez a la izquierda, hasta la palmera que tenía entre los cocos caídos una bala de piedra. Luego, cien hacia la puesta de sol. Treinta hasta el promontorio que ocultaba el mar.

Y a cavar.

Los hombres sudaban. El capitán Bala Roja los animaba insultándolos. Miguelillo, el grumete, repartía agua. Y todos pensaban que por fin lo tenían a la mano. El tesoro de Lafitte, el rey de los piratas.

Cavaron toda la mañana. Cavaron toda la tarde. Maldijeron a Lafitte, se hicieron daño con las palas, los atacaron los mosquitos y uno de ellos recibió el golpe de un coco en la cabeza.

Por fin, una de las palas tocó algo duro. Sonó a madera. A casi todos les recordó el sonido de los ataúdes que, tantas veces, por vender los cadáveres o por saquear las joyas, habían desenterrado en los cementerios de Isla Tortuga o de Nasáu.

—¡El tesoro! ¡El tesoro! —exclamaron a coro.

—¡Ya es nuestro!

—¡Rápido! ¡Sacadlo!

En el agujero abierto apareció un cofre. Todos se relamieron al verlo.

Con esfuerzo, obedecieron la orden del capitán. Decían que Lafitte había enterrado aquí personalmente el mayor de sus tesoros, el fruto de toda su vida como señor del mar de las Antillas.

Descerrajaron la tapa de un tiro.

Miguelillo, obedeciendo siempre los gruñidos de Bala Roja, abrió el cofre.

Retiró la arena. Rebuscó en el fondo.

No había joyas, ni pulseras, ni piezas de a ocho, ni collares, ni pendientes, ni coronas.

El tesoro no existía. Lafitte se había burlado de todos ellos.

En el cofre solo había un libro.

Un libro. Y encima escrito en alemán, cuando Lafitte era además un criollo franchute. Maldito sea.

Ninguno de los piratas (menos, quizás, Miguelillo, que se lo quedó mientras todos regresaban a bordo maldiciendo a Lafitte, pero riendo por la broma) entendió que aquel sí que era el mayor de los tesoros de la tierra

Sobre el Autor

Rafael Marin

RAFAEL MARÍN (Cádiz, 1959) ha publicado más de cuarenta libros en diversos géneros: Lágrimas de luz y Mundo de dioses en la ciencia ficción; La leyenda del Navegante en la fantasía épica; La ciudad enmascarada, Ora Pro Nobis y Memento Mori en el terror; Detective sin licencia, Los espejos turbios, Lona de tinieblas, Elemental querido Chaplin en el policial; El anillo en el agua y El niño de Samarcanda en la memoria biográfica; Las campanas de Almanzor, Juglar, Victoria, Don Juan, Elsinor y Odiseo rey en la novela histórica.

Es autor de antologías como Unicornios sin cabeza, El centauro de piedra, Piel de Fantasma o Son de piedra y otros relatos. Entre sus libros de ensayo destacan Hal Foster: una épica postromántica; W de Watchmen y Marvel: Crónica de una época.

Un Comentario

Rafael Marin

RAFAEL MARÍN (Cádiz, 1959) ha publicado más de cuarenta libros en diversos géneros: Lágrimas de luz y Mundo de dioses en la ciencia ficción; La leyenda del Navegante en la fantasía épica; La ciudad enmascarada, Ora Pro Nobis y Memento Mori en el terror; Detective sin licencia, Los espejos turbios, Lona de tinieblas, Elemental querido Chaplin en el policial; El anillo en el agua y El niño de Samarcanda en la memoria biográfica; Las campanas de Almanzor, Juglar, Victoria, Don Juan, Elsinor y Odiseo rey en la novela histórica.

Es autor de antologías como Unicornios sin cabeza, El centauro de piedra, Piel de Fantasma o Son de piedra y otros relatos. Entre sus libros de ensayo destacan Hal Foster: una épica postromántica; W de Watchmen y Marvel: Crónica de una época.