IBERIA INC & TRIADA VÉRTICE. Cuando lo intenté como novela.

I

CUANDO LOS DIOSES DESPIERTAN

PRÓLOGO 

ENTRE DOS AGUAS

            La tormenta habla a la vez de la burla y el desprecio de los dioses. También, sin duda, explica su miedo. Todo alrededor del navío es negro. No se distingue la mar del cielo. Las olas son colmillos que roen la cubierta y el viento rasga la vela roja como estos mismos hombres derrengados sobre los remos han rasgado las faldas de incontables muchachas desde que partieron de Troya, hace tanto tiempo que ni saben ya cuántas veces se han perdido en el mar entre tierras.

Están en el fin del mundo, allá donde nadie sabe de qué forma los sorprenderá la muerte. Unos piensan que el mar se despeñará, como una catarata, hasta fundirse con el cosmos, condenándolos a una caída infinita donde sus vidas acabarán antes de que el casco se estrelle contra los escollos del Báratro, si escollos allí existen. Otros, que el mar y la tormenta continuarán para siempre, sin atisbo de tierras, ni otros hombres ni mujeres, ni vida ni alimento. Poco importa, en cualquier caso: la tormenta no los dejará pasar más allá de las moles de piedra de Abyla y Calpe.

Los golpes resuenan  a bordo con más fuerza que los truenos que sacuden los cielos. Se duele la carne al encuentro con la carne, brota la sangre roja y se mezcla con la sal del mar, para correr por la cubierta y manchar las sandalias de los remeros que ya han perdido las fuerzas y la curiosidad por conocer quién saldrá victorioso del combate.

La nave va a la deriva, sin timón, esclava del antojo de los vientos que la imprudencia aventurera ha liberado por capricho. Cuando el mástil se quiebre, habrá llegado el fin. Todos lo saben. Pero el titán fenicio aún intenta hacer entrar en razones al hombre que fue su amigo, el héroe fecundo en ardides a quien ya no importa su pasado, porque todo futuro será para él presente.

La clava se traba contra el arco. Los músculos se tensan, los dientes aprietan. Hasta los ojos sangran. La sal no escuece las heridas porque se cierran pronto, antes de que los cerebros registren el dolor, sin dejar marcas. Amigo contra amigo, titán contra mortal, la razón en pugna inútil con el estímulo de la pasión, la verdad que intenta rendir a la mentira. Y la nave se estremece. Los embates de la tormenta pronto la desencuadernarán, condenando a todos los tripulantes a una tumba de agua.

—¡No puedes hacerlo! —el rugido del fenicio hace callar un instante el ronquido de la tormenta—. ¿No comprendes que se trata de tu honor? ¿De tu reputación?

El ímpetu del último golpe los separa. La nave orza y se encabrita como uno de los muchos potros que ambos hombres domeñaron en las praderas de Ilión, ante las altas murallas que se creyeron inexpugnables. Casi en vertical ahora, la cubierta es una trampa resbaladiza por donde caen enseres y marinos. En la pugna por no verse arrastrados, ambos contrincantes se agarran a los cordajes, para convertirse en insectos atrapados en la telaraña.

—¡He labrado mi fama a golpe de arco y flecha! —grita el rey griego, empapado de agua por fuera, consumido de lujuria en su interior—.  ¡No le debo nada a nadie! ¡Y menos a ella, que hoy debe de ser ya una anciana reseca sin leche en los pechos ni carne en los muslos!

El barco se precipita contra el lecho del mar, como un árbol talado golpea contra la tierra. Empapados, jadeantes, los dos colosos esperan el momento de continuar el combate a muerte.

La muchacha sentada en un haz de cabos es delicada y bonita, como una aparición enviada desde el Olimpo. Mientras que todos a bordo están cubiertos de agua, ella permanece seca, a salvo de la lluvia. El futuro intentará entenderla dándole muchos nombres: Circe o Calipso. Ella, sin embargo, prefiere que la conozcan por  Nausícaa.

Se pone en pie, con gesto de fastidio. Impaciente como sólo se puede ser impaciente cuando la juventud es la medida de la vida eterna. Alza un brazo y la tormenta restalla entre sus dedos, un manojo de espuma azul. Murmura solo una palabra.

—Basta.

La luz del sortilegio quema el tiempo y lo convierte en piedra.

 

1

CUEVA DE GORHAM

  

            Un vehículo todo terreno de la British Navy los esperaba a pie de pista, en la diminuta línea recta que en Gibraltar hace las veces de aeropuerto.  El avión no era un vuelo militar, pero poco importaba ahora. Mientras los demás pasajeros bajaban las escalerillas y contemplaban admirados el paisaje, el Peñón alzándose tras ellos, la luz azul del cielo, el verde y roca de los montes al otro lado de la frontera con España, los tres científicos apenas tuvieron tiempo de recoger sus mochilas, confiados en que manos expertas (colonia de janitors, al fin y al cabo) se encargarían de llevar el grueso de su equipaje al hotel The Rock. Subieron a bordo  del vehículo después de estrechar la mano del oficial que había venido a su encuentro. Circunspecto, rubicundo, con un bigote de puntas retorcidas que lo hacía parecer sacado de un catálogo de la Segunda Guerra Mundial, el teniente  (galés, a juzgar por su acento)  se entretuvo indicándoles algunas de las características de la plaza y de su historia, pero no hizo ningún comentario acerca de la misión que traía de urgencia a esta colonia a los tres expertos. O bien no sabía nada o, fiel a la cadena de mando, dejaba a sus superiores las explicaciones y consultas.

La entrada a la cueva se asomaba al mar de Alborán, un hueco entre las rocas de piedra caliza. El oficial los acompañó por el sendero hasta la orilla, devolviendo rutinariamente  el saludo a la docena de soldados que, ataviados con metralletas, guardaban el perímetro. A la sombra de la Roca, el calor sofocante del sur del continente había sido sustituido por la neblina húmeda del efecto foehn. Entre jaramagos y genistas, con el inevitable olor a excrementos escondidos que suele ser común al campo cuando está tan cerca de la civilización, el sendero los condujo a una pequeña planicie a poco más de un metro sobre el nivel de las olas. Daba un poco de vértigo ser consciente de que este lugar era una punta de Europa, lo que en otra época vino a ser el final del mundo.

Un grupo de miembros del SAS, botas reforzadas, chalecos de kevlar, el pelo muy corto bajo las boinas de color de arena, esperaba junto a un carro de reconocimiento FV 107 Scimitar. Había también una furgoneta y, para sorpresa de los tres científicos, un equipo de televisión alrededor.

—Les doy la bienvenida, señores, a la Cueva de Gorham —se adelantó uno de los allí presentes. Aunque era un civil, parecía llevar la voz cantante—. Me llamo Solomon Levi Rodrigues. Soy director en funciones del museo de Gibraltar. Celebro que pudieran encontrar un vuelo con tan poco tiempo de antelación.

—Nos han dicho que era urgente —respondió uno de los científicos, un hombre alto y encorvado de barba rubia.

—No sabe cuánto, doctor Kneale. Me siento muy honrado de tenerlo aquí: he leído todos sus libros. Varias veces. Son un referente indispensable para mis estudios de doctorado. Usted debe ser la doctora Anderson —añadió, saludando con la cabeza a la mujer del grupo, una joven de aspecto tímido abotonada hasta el cuello, pese al calor—. Y usted…

—Terry Newman, quizá haya leído también alguno de mis trabajos —se presentó el tercero de los recién llegados, quizá molesto por no haber sido reconocido, pese a su impecable historial académico.

—¡Por supuesto! Sus estudios sobre antropología y le persistencia del mito fueron mis libros de cabecera durante toda mi adolescencia. Pero creía que era usted mayor. O quizá es que yo era demasiado joven entonces. ¿Están preparados?

—No nos han dado opción  a no estarlo —respondió la doctora Anderson,  echando un vistazo al equipo que rodeaba el suelo junto a la entrada de la cueva.

Los tres científicos procedieron a calzarse las botas y a colocarse los cascos. Con sorpresa, advirtieron que el cámara de televisión y uno de los periodistas hacían lo mismo. Levi, conocedor del material, fue el primero en terminar de prepararse.

—Como sin duda saben, la cueva de Gorham fue habitada hace cincuenta y cinco mil años por hombres de Neanderthal, que han dejado en las paredes sus marcas rupestres.  Puro arte abstracto, según consideramos hoy las cosas: son motivos simbólicos de difícil interpretación. También se han encontrado restos de herramientas y estratos de distintos momentos históricos, la mayoría fenicios. Un largo proceso de exploración y clasificación durante décadas de estudio, como pueden suponer.

Siguieron al historiador local por el andamiaje que permitía a los miembros de su equipo, jóvenes voluntarios en su mayoría, subir a analizar los tallados en las capas más altas de la bóveda de roca y acceder a los lugares donde el terreno era peligroso o resbaladizo. Sin embargo, tras subir dos niveles, empezaron a bajar por un largo túnel que se perdía en la oscuridad.

—La Roca está hueca desde mucho antes que Sir Winston Churchill ordenara preparar la defensa ante un posible ataque conjunto de los nacionalistas de Franco y las tropas de Hitler —explicó Solomon Levi con aquel soniquete suyo donde se mezclaban el inglés fluido con algún deje andaluz, contagiado de la proximidad del país con el que históricamente mantenían una relación de amor, dependencia, independencia y odio—. Por fuera puede parecer un soufflé, pero en el interior es un auténtico queso gruyere. Cuidado ahora, la pendiente es  fuerte.

—Se nota una clara diferencia de temperatura —observó la doctora Anderson.

—Ahora mismo estamos ya bajo el nivel del mar.

—¿Han encontrado una nueva cueva?

—No sabemos exactamente qué es lo que hemos encontrado, doctor Kneale. Están ustedes aquí para iluminarnos.

Otros cuatro SAS protegían el final del pasadizo, esta vez ataviados con cascos antidisturbios y fusiles de asalto Heckler & Koch G3. Se hicieron a un lado cuando la comitiva se acercó, sin que Solomon Levi tuviera que mostrar ningún tipo de acreditación: estaba, en cierto modo, en su casa.

El pasadizo desembocaba en una gruta que, quizá por su educación católica, le recordó a una iglesia a Terry Newman. Como haciendo eco a sus pensamientos, se hizo la luz. Una docena de focos corrieron a apagar las sombras con su llama eléctrica, tiznando de rojo las paredes hasta entonces negras.

Lo vieron entonces.

Un sarcófago de piedra, enorme, casi del tamaño de una limusina. Mármol policromado, sin el desgaste de los elementos ni el paso del tiempo: tallada en la tapa, la figura de un hombre barbudo de resto sereno, un gigante de piedra. Ocupaba un lugar prominente en la cueva, como si hiciera las veces de altar en este templo escondido.

Y flotaba en el aire.

 

2 

EL SARCÓFAGO

 

 

El imposible que flotaba suspendido de la nada no era la única anomalía en aquella cripta. Había hornacinas en las paredes, gastados utensilios de barro, restos de madera y cuero que tal vez fuesen,  miles de años antes, lanzas, arcos o flechas. En los rincones reposaban vasijas  y ánforas, restos deshilachados de alfombras y estandartes. En un arcón abierto centelleaba el brillo opaco de la plata ennegrecida por el tiempo. Y en el suelo, medio enterrado en la arena calcárea, los huesos de un animal que no supieron identificar: demasiado grande, demasiado largo para ser un perro o un caballo. Yacía como agazapado en torno al sarcófago flotante, como si hubiera muerto allí esperando.

Solomon Levi Rodrigues contempló su hallazgo, tan asombrado como hacía dos días, cuando sus estudiantes y él encontraron por azar este hueco en la roca. Si los tesoros que regaban la bóveda no fueran suficiente para lograrle las portadas de las principales revistas de arqueología del mundo entero y la plaza de director en cualquier museo de primera fila, quedaba el misterio del ataúd que flotaba a seis pies de altura. Sin duda que Howard Carter no encontró en el valle de Gizah un misterio semejante.

—Debe de tratarse de la tumba de un héroe guerrero —declaró el doctor Kneale, sobreponiéndose a la sorpresa, dominado su asombro por el espíritu científico—. Un caudillo o un rey.

—El sarcófago antropoide remite a los fenicios —apuntó la doctora Anderson—. Pero la forma en que está dispuesto el ajuar, las vasijas… hay una clara huela helenizante.

—Es una ilusión óptica, ¿no es cierto? —el cámara, sin dejar de grabar, apartó los ojos del visor y se volvió a mirar a su espalda, en las alturas de la roca hueca—. Un juego de espejos. No puede estar ahí flotando. Y esa criatura medio cubierta por la arena…

—Hay una inscripción en griego —La doctora Anderson dio un paso hacia el enigma—. M… e… l… ¿Melk…?

Extendió la mano hacia el sarcófago. Demasiado tarde advirtió que había una pantalla invisible entre el ataúd de piedra y el resto de la caverna, como si el misterio estuviera envuelto en una pompa de jabón. Sus dedos chisporrotearon al encontrar resistencia en medio del aire, un pellizco incómodo que le corrió por el brazo y le hizo retirar rápidamente la mano.

—¿Un… un campo de fuerza?

—Un campo de estasis —Terry Newman, físico cuántico se acercó a la burbuja—. Eso explicaría que el sarcófago esté intacto, a salvo del polvo y el desgaste del tiempo.

—¿Pero qué sentido tiene? Sobre todo aquí. ¿No está lo suficientemente oculto? Esta tumba debe tener más de dos mil años.

Solomon Levi Rodrigues se agachó y recogió del suelo una piedra diminuta. Lo hizo sin dejar de mirar de reojo el esqueleto del animal que adornaba el suelo. Algo le había dicho que terminar de desenterrar a la criatura podía esperar. No sólo por el misterio del sarcófago flotante. La figura del suelo, con su largo esqueleto carcomido y sus garras clavadas en la arena le daba miedo.

La piedrecita rebotó en el campo de fuerza invisible, incapaz de penetrar su defensa. Cayó inofensiva a los pies del doctor Kneale.

—Un escudo de protección —dijo la doctora Anderson—. Para que nada pueda perturbar la paz del muerto.

—O para que el muerto no pueda salir de ahí. Pensamos que es una jaula.

—En ese caso, imposibilidades físicas aparte, la pregunta es quién demonios hay ahí dentro.

—No, imposibilidad física, no —corrigió Newman—. Histórica, tal vez. Pero si es un campo de estasis…

Extendió la mano. Las yemas de sus dedos chisporrotearon, cargándose de una luz azul que le erizó el pelo.

—Es cálido al contacto —dijo—. Ofrece resistencia porque aplico presión. Es lo que ha hecho rebotar ese guijarro. Sin embargo…

Dejó la palma quieta sobre la burbuja invisible. No sucedió nada durante un minuto largo. El científico parecía transfigurado, detenido también en el tiempo, como la piedra, como la cueva misma.

—Un ataque rápido, y el campo de fuerza reacciona. Un ataque lento, y puede traspasarse.

La mano, muy despacio, penetró la burbuja. Micra a micra, se fue acercando a la piedra del sarcófago.

—Ahora —susurró Newman—. Despacio, muy despacio…

Nadie sería luego capaz de explicar de manera coherente la sucesión de acontecimientos que se produjo. La mano de Newman atravesó el campo de fuerza. Quizá no supo mantener la velocidad constante. Quizá el metal del reloj que llevaba en la muñeca provocó una reacción. El chisporroteo se convirtió de pronto en chispazo y el científico salió despedido hacia atrás, como si hubiera recibido la coz de un animal mitológico. Voló por los aires y se estrelló contra los focos que iluminaban la caverna, derribándolos.

El apagón duró un único segundo. La luz regresó como si sólo hubiera sido un parpadeo común de los cinco intrusos. Pero el esqueleto del animal desconocido revoloteaba sobre sus cabezas, como una ilusión surgida de una película de Walt Disney. Una descarga eléctrica corrió desde los focos rotos por el impacto hacia el campo de estasis. La burbuja se volvió azul, luego cárdena. Reventó como una redoma, haciendo un sonido sordo que se transmitió por las paredes de la cueva.

El sonido no cesó. Ninguno de los presentes había oído  jamás cómo se desgarra la piedra: la cámara de televisión, sin energía, tampoco grabaría el momento  histórico. Pero el ataúd se estremeció en el aire, el tiempo justo que la burbuja que lo contenía  supo mantenerlo flotando, y una raya irregular, roja y azul, cruzó la tapa, dibujando una especie de ese desde los pies hasta el rostro tallado.

El estruendo se convirtió en polvo. El polvo se convirtió en silencio. El ataúd de piedra se abrió como una crisálida, porque en el fondo crisálida era, y de los restos de mármol y madera policromada que lo habían convertido durante tres mil años en una muñeca rusa dentro de otra surgió la figura tambaleante del hombre que yacía dentro.

El doctor Kneale había acertado en su primera evaluación. La figura que se alzó ante ellos era en efecto un héroe guerrero,  un caudillo o quizá un rey.

O un dios resucitado.

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre el Autor

Rafael Marin

RAFAEL MARÍN (Cádiz, 1959) ha publicado más de cuarenta libros en diversos géneros: Lágrimas de luz y Mundo de dioses en la ciencia ficción; La leyenda del Navegante en la fantasía épica; La ciudad enmascarada, Ora Pro Nobis y Memento Mori en el terror; Detective sin licencia, Los espejos turbios, Lona de tinieblas, Elemental querido Chaplin en el policial; El anillo en el agua y El niño de Samarcanda en la memoria biográfica; Las campanas de Almanzor, Juglar, Victoria, Don Juan, Elsinor y Odiseo rey en la novela histórica.

Es autor de antologías como Unicornios sin cabeza, El centauro de piedra, Piel de Fantasma o Son de piedra y otros relatos. Entre sus libros de ensayo destacan Hal Foster: una épica postromántica; W de Watchmen y Marvel: Crónica de una época.

5 Comentarios

  • Siempre se nos quedararon historias en el tintero y, viendo cómo estaba (y está) el panorama editorial español, pensé en escribir historias de los personajes como novelas, sin la participación de dibujantes que siempre tienen, lógicamente, la mirada puesta en otros sitios que puedan permitirles llevar una vida digna.

    Empecé a escribir la novelización de la mini-serie de Iberia Inc, con la idea de incluir también por medio la otra mini-serie de Triada Vértice, y continuar luego, si acaso, con otras historias de los personajes.

    Pero no pudo ser. Me aburrí en seguida. No me apeteció volver a contar lo ya contado y, además, había que contar las cosas con un estilo y una estructura que no me son propias. Uno en el fondo va de autor serio y cultureta, no de novelas pulp. Y tenía otras historias distintas que contar en lo que mejor sabe hacer: escribiendo novelas.

    Así que esto es lo único que hay. Doce páginas. Se quedó en lo mejor.

    Pero siempre pueden ustedes ver cómo sigue en los cómics.

  • Hay cosas que solo funcionan en un formato, por ejemplo, los Sopranos funcionan en serie y no en la película última que sacaron.
    Hay cosas que funcionan en múltiples formatos, Indiana Jones funcionó bien en las 3 películas que hicieron y en videojuegos.
    En serie de tv aguantó el tipo.
    Poirot funciona en película, serie de tv y libros.
    Y luego hay cosas que no funcionan nunca, como los self insert de la KK en las cosas que intentan colocar la compañía Disney, se la han pegado otra vez con marvels.
    Como dice un amigo mío ,a esa tipa le paga más la competencia para cargarse a Disney, que la propia Disney.

Rafael Marin

RAFAEL MARÍN (Cádiz, 1959) ha publicado más de cuarenta libros en diversos géneros: Lágrimas de luz y Mundo de dioses en la ciencia ficción; La leyenda del Navegante en la fantasía épica; La ciudad enmascarada, Ora Pro Nobis y Memento Mori en el terror; Detective sin licencia, Los espejos turbios, Lona de tinieblas, Elemental querido Chaplin en el policial; El anillo en el agua y El niño de Samarcanda en la memoria biográfica; Las campanas de Almanzor, Juglar, Victoria, Don Juan, Elsinor y Odiseo rey en la novela histórica.

Es autor de antologías como Unicornios sin cabeza, El centauro de piedra, Piel de Fantasma o Son de piedra y otros relatos. Entre sus libros de ensayo destacan Hal Foster: una épica postromántica; W de Watchmen y Marvel: Crónica de una época.