LA TELE ENCADENADA

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Hemos cambiado la forma de ver televisión. Y de rebote la televisión también ha cambiado. Era lógico, supongo. Tras más de una década de chabacanización de contenidos (llámenlo si quieren italianización o berlusconización), donde todo se fió a encumbrar mindundis, confundir información con desinformación, olvidar la ficción y fiarse a concursos larguísimos donde o no se gana un euro o se eternizan los concursantes paso previo a profesionalizarse en la cosa (y, ay, no me olvido de que seguimos en esas, y lo que nos queda), empezaron a surgir las plataformas que, bien con series de producción propia o arramblando con lo mejor de cada casa, recuperaron la ficción. Pagando, naturalmente.

Quien más quien menos está suscrito a dos, tres, cuatro plataformas. Y quien más quien menos se pasa largos minutos dando a la flechita del mando buscando algo que le interese, después de cuatro o cinco años de estar plantado delante de la pantalla a ver qué novedades hay. Reconózcanme ustedes que las páginas de contenidos de todas y cada una de ellas son una jungla birmana donde se ocultan los contenidos, o directamente se pierden en el abismo proceloso de la cantidad ingente de películas, series y documentales que se ofrecen. El algoritmo me temo que nos juega a la contra.

Hemos visto y seguimos viendo series maravillosas. Con razón se dice que hemos alcanzado una edad de oro en el concepto de lo que son las series de ficción. Aunque notables directores de cine se hayan quejado porque, dicen, eso acaba con la bella peregrinación a las pantallas, al final la mayoría de ellos ha entrado por el aro y producen o dirigen ya para las plataformas.

Pero no es oro todo lo que reluce. A la posibilidad inimaginable hace unos años de poder ver tantísima ficción en sus idiomas originales, a los atracones de series que podemos pegarnos viendo de una sentada todos los capítulos que componen una temporada («season» para todos, menos para los ingleses, que las llaman «series») hay que poner en la balanza el efecto rebote. Es decir, el cansancio que provocan en  muchas ocasiones.

Hemos dado en llamarlo «efecto Netflix», pero en realidad no es culpa de esa plataforma. Me refiero  a la necesidad de contar las cosas con una lentitud a veces exasperante, donde parece obligatorio rellenar minutos y más minutos de metraje con escenas larguísimas donde no pasa nada con tal de alcanzar los seis, ocho o diez capítulos que componen cada temporada. Esta idea de series cortas de pocos capítulos, en contraste con las clásicas series norteamericanas que solían tener hasta veintitantos, procede posiblemente de la televisión inglesa. Pero los ingleses conocen el truco de contar una historia en pocos capítulos. Y cerrarla. Y, si el éxito ha sido grande y el público lo demanda, continuar con otra temporada (otra «series» para ellos) donde no haga falta tener memoria de elefante para recordar todo lo que ha pasado uno o dos años antes.

Es un handicap el binge watching ese. El atracón que nos pegamos todos en un fin de semana (o en un día), cuando vemos toda la temporada de sopetón, soportando sus altibajos y normalmente gozando lo que pasa. Pero ese atracón es como si de pronto fuéramos Jack Lemmon/Daphne en la pastelería: después del atracón viene la abulia. Consumimos la serie y esperamos otro año, o dos, a ver si aparece una continuación. O buscamos otra serie.

Esta manera nueva de ver televisión fagocita de inmediato las obras maestras. Hago por recordar las grandes series que he visto este año pasado y no soy capaz de recordar ninguna. Y las hubo. Como las habrá este año.

A veces (y alguna plataforma ya se ha dado cuenta) es casi mejor ver los capítulos semana a semana, convertir el atracón en rito de cada noche. Nadie obliga a nada, naturalmente. Pero a veces no nos da tiempo a reflexionar lo que vemos de corrido… ni a revisionar lo que hemos visto, pues ya hay otra serie esperando en la puerta.

Acabo de terminar de ver la segunda temporada de Hunters. Salgo yo también de caza a ver qué me encuentro. Deséenme suerte.

Binge-watching o atracones de series: ¿En qué consiste esta moda? - Blog Oficial de Phone House

 

Sobre el Autor

Rafael Marin

RAFAEL MARÍN (Cádiz, 1959) ha publicado más de cuarenta libros en diversos géneros: Lágrimas de luz y Mundo de dioses en la ciencia ficción; La leyenda del Navegante en la fantasía épica; La ciudad enmascarada, Ora Pro Nobis y Memento Mori en el terror; Detective sin licencia, Los espejos turbios, Lona de tinieblas, Elemental querido Chaplin en el policial; El anillo en el agua y El niño de Samarcanda en la memoria biográfica; Las campanas de Almanzor, Juglar, Victoria, Don Juan, Elsinor y Odiseo rey en la novela histórica.

Es autor de antologías como Unicornios sin cabeza, El centauro de piedra, Piel de Fantasma o Son de piedra y otros relatos. Entre sus libros de ensayo destacan Hal Foster: una épica postromántica; W de Watchmen y Marvel: Crónica de una época.

Un Comentario

  • Un placer volver a leerte con un renovado Crisei, te acabo de redescubrir.

    La verdad es que los atracones tuvieron su gracia al principio, y para ver series ya finalizadas con varias temporadas a sus espaldas sigue teniendo sentido, pero yo últimamente agradezco el capítulo semanal que están emitiendo muchas plataformas. Estoy viendo The Last Of Us semanalmente, y ya lo hice con Los Anillos del Poder, y se agradece ese parón para quedarte unos días pensando qué vendrá después, hacia dónde irá lo que has visto, y tener así una semana para contrastar opiniones del último capítulo por internet.

    Por otra parte, viendo la cantidad de cancelaciones que hay, no sé dónde pretenden ir las plataformas ofreciendo temporadas completas con capítulos de casi 1 hora, dejando en el pasado los 40 minutos por capítulo, y pretendiendo que en un mes veas la temporada completa, o las temporadas, que no sale una única serie al mes. No hay espacio para ver las cosas a tu ritmo, cuando el tiempo te lo permita, y encima encima eso, que es lo que te ofrecían estas mismas plataformas en sus comienzos (hola Netflix), velo cuando quieras y puedas, juega en contra de la continuidad de las propias series. Ahí hemos tenido a Gaiman haciendo campaña para que la gente completase The Sandman lo antes posible. Ya no hay posibilidad de que una serie explote a las 6 semanas, ni en la segunda temporada, o es un éxito inmediato (hola de nuevo Netflix) o adiós muy buenas y te quedas con el cliffhanger atravesado tras el atracón. O una serie dependiendo del mes, por fechas que inviten a estar menos delante de la pantalla o por competencia inmediata, pueden determinar un éxito o fracaso si solo se mide ese primer mes, da igual la calidad.

    Al final mi sensación es que las plataformas, sobre todo Netflix, se están convirtiendo en un videoclub al que han recortado el final de al menos el 60% de su catálogo. Ya cuando me intereso por una serie de hace años busco por internet si tiene final cerrado o se quedó a medias, y muchas cosas nuevas ni me molesto en verlas (gracias de nuevo Netflix) porque es muy probable que las cancelen. Una pena que hayamos llegado a eso con algo que prometía tanto.

    Pues eso, un gusto volver a tenerte activo. Un saludo.

Rafael Marin

RAFAEL MARÍN (Cádiz, 1959) ha publicado más de cuarenta libros en diversos géneros: Lágrimas de luz y Mundo de dioses en la ciencia ficción; La leyenda del Navegante en la fantasía épica; La ciudad enmascarada, Ora Pro Nobis y Memento Mori en el terror; Detective sin licencia, Los espejos turbios, Lona de tinieblas, Elemental querido Chaplin en el policial; El anillo en el agua y El niño de Samarcanda en la memoria biográfica; Las campanas de Almanzor, Juglar, Victoria, Don Juan, Elsinor y Odiseo rey en la novela histórica.

Es autor de antologías como Unicornios sin cabeza, El centauro de piedra, Piel de Fantasma o Son de piedra y otros relatos. Entre sus libros de ensayo destacan Hal Foster: una épica postromántica; W de Watchmen y Marvel: Crónica de una época.