LOS MUERTOS DE MADRID: TORRE HA VUELTO

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He terminado estos días “Los muertos de Madrid”, la cuarta novela de Torre. Esa que juré y perjuré que nunca escribiría.

¿Por qué? Porque, siendo como es el personaje y el hallazgo de su narrativa, nunca me he comido una mierda a nivel ventas. Uno nunca ha sido un bestseller, ni lo será jamás, creo que calidades aparte. En un mundo editorial adocenado donde solo se ofrece soma (o sea, chicle, para entendernos: literatura blanca)   escribir o medio escribir emulando la lengua oral gaditana era y sigue siendo un riesgo asumido. Cosa que siempre supe. Cosa que no me extrañó jamás… excepto cuando se publicó por una editorial de esas pequeñas que hay en Cádiz, sin que se enterara nadie: lo mismo me daba publicar en Madrid que en Albacete, mierda. El problema de las editoriales, wherever they are, es que creen que los libros se venden solos sin el menor apoyo publicitario. Ignoran todas las que me han caído en desgracia aquella gran verdad: hasta Dios necesita campanas.

Esta nueva novela de Torre, ese personaje que es Cadi y que es, según me han dicho, “auténtico”, es quizás mi novela más política, la novela donde más me mojo. Signo de los tiempos, quizás. Si nos callamos ahora, jamás podremos abrir la boca. Hay humor, claro, y hay melancolía, por supuesto. Y hay denuncia, más que en las tres novelas anteriores. Torre, mi Torre, tiene ya 76 años y sabe que el tiempo se le escapa, y por tanto le importa tres carajos pensar como piensa.

Torre es, en cierto modo, literatura oral. Su estilo, su música, remeda el habla popular gaditana desde dentro (y a veces desde fuera) de la mente del personaje central, Torre, que es trasunto mío solo en parte, el boxeador que nació en día de la Explosión (el 18 de agosto de 1947) y que perdió la memoria de sus primeros años en un combate por el título en el Pabellón Portillo allá por 1972: un don nadie, por decirlo de alguna manera. Un tío sin pretensiones ni ambiciones, un superviviente, un vividor, que se mete en líos que ni le van ni le vienen. Es un detective sin licencia.

Hay mucho del habla que he oído mucho tiempo a mi familia. En su redacción escucho, sobre todo, la voz de mi madre, que era una maravillosa contadora de historias y a quien sin duda debo, sin que ni ella ni yo lo supiéramos, mi vocación de escritor. Escucho la voz de mis tíos, alguno de los cuales tiene o tuvo justo la edad de Torre. Escucho la sorna de Cádiz colándose por las rendijas de los relatos: las comparaciones, la burla, el asombro, la experiencia. Veo a muchos personajes como Torre pasear por la avenida, curiosamente cerca del lugar donde, ficticiamente (la calle Marqués de Coprani, donde vivió un amigo lector de tebeos, Paco Lavié, con su padre, tal como se revela en las novelas), Torre vive.

Las novelas de Torre son un anecdotario de cosas reales que parecen de mentira. Eso se nota, especialmente, en la primera de sus novelas, construida en la ficción a partir de la chaladuras de un amigo querido. Luego, hay retazos, miradas, anécdotas propias y ajenas, amigos de mis padres e incluso primos lejanos (el Badodo, por ejemplo). Todo suma. Es lo que hace, creo, que el personaje sea real.

Torre es o ha sido mucha gente y tiene o tuvo muchos rostros. Me lo he cruzado por la calle muchas veces: siempre, ya digo, cerca del lugar donde vive. Pienso ahora que un escritor es una caja de caudales que va almacenando cosas para recurrir a ellas cuando les son necesarias. El caso de Torre quizás sea paradigmático. Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando yo apenas tendría cinco o seis años, en el barrio o en la zona había un hombre de pelo muy corto y andar presuroso, uno de tantos locos de Cadi. Sebastián, se llamaba: camisa blanca y pantalón de pana atado con una cuerda. Creo que es la primera vez que vi un avatar de Torre, aunque el niño que yo era ni siquiera lo sospechó, como no sospechaba que un día sería escritor: faltaban un par de años para que soñara con serlo. De aquel Sebastián recuerdo una tarde en la confitería Benítez, en la esquina de mi calle, a dos pasos de mi casa, comiéndose una merenga (o sea, una milhojas de merengue), como si aquello fuera el mejor manjar del mundo, y sin duda lo era. A Sebastián (que parecía muy mayor pero quizá no tuviera ni treinta años), la gente del barrio le hacía una pregunta al verlo marchar de aquella manera entre marcial y apresurada: “Sebastián, ¿adónde vas?” Y la respuesta de Sebastián, a quien vi por última vez a principios de los años noventa, era invariable: “A follar”.

Fue mi primer Torre, tal vez, y sobre ese poso edifiqué la personalidad de mi criatura, con el domicilio y las circunstancias sociales de Paco Lavié, con la fecha del nacimiento porque mi tía nació el mismo año (no el mismo día) de la Explosión. A Torre lo acompañan personajes que fueron reales (el Badodo, en realidad primo de mi padre, deformación fonética de “Manolo”), Pepito Fiestas, que es mucho más locuelo y más terrible en la narración de lo que su inspiración real lo fuera nunca, Patricia Plastilina, que es o fue tal como se describe, Angelito Fiestas, que se basó primero en un antiguo alumno, luego en otro, hasta volar por libre en esta cuarta novela.

Sí, existen trasuntos de la Dafni o de la Charo. Sí, existió gente como Juanelo el Tortillita y esa persona real coleccionaba las gotas de su propio sudor. A poco que escarben, lo surrealista de muchas escenas tiene un origen real. A veces la literatura exagera, a veces se queda corta.

He dicho antes que nunca quise escribir esta novela. No fue, insisto, por falta de ganas. Siempre tuve el título y la sinopsis de arranque. De hecho, esa sinopsis ya existió antes de que Torre existiera. La historia de una cantante perdida en el Madrid anterior a la movida y un detective buscándola ya era el leitmotiv de un cómic que empecé y nunca terminé con Ángel Olivera: “Abel Martínez, detective”. Luego la idea se trasladó, ya sin Ángel y sin Abel, al Madrid de la noche del 23-F. Después, al Madrid de la movida con un detective sin nombre, expulsado de la Guardia Civil quizás por haber sido acusado de homosexual. Luego, con Torre, ya encontró el detonante: Torre y cierto jugador sudamericano desaparecido en la movida. Eso me permitiría jugar con lo que Torre siempre ha sido: cachondeo y melancolía.

Pero aparte de ese detonante, jamás tuve nada. Decidí no escribirla y soy el primer sorprendido cuando, a lo largo de este año, me han preguntado varias veces, en las presentaciones de otras novelas, si volvería con Torre. Siempre dije que no, por las razones expuestas más arriba.

Pero cometí el error de tirarme el pegote: dije que si alguna editorial lo quisiera, la escribiría (la improvisaría, tal vez, como improvisada está) en dos meses. Exageré. He escrito “Los muertos de Madrid” en la cifra récord de 39 días. Una de las ventajas de ser jubileta.

Y es que las novelas de Torre se escriben solas. No tengo la sensación de que sean cosa mía. Escribo al dictado, tal vez. Una voz que no es la mía se expresa y compara, se burla y llora, se lamenta y satiriza.

He tardado un montón de años en escribir esta novela que no quise escribir, más allá del mes y pico escaso que he tardado en teclearla. Cada novela es un mundo y el demiurgo nos maneja a los autores como quiere. Creo que llega, al menos para mí, en el momento justo.

Como Torre, veo que el mundo donde me he apoyado se derrumba. Por eso es, ya les digo, mi novela más crítica, más sarcástica, más política. En otro momento, no habría sido así. Ahora es como debería.

¿Volverá Torre algún día? No lo sé. La revelación de lo que ha sido Pepito Fiestas quizás lo invalide como comparsa simpático para el Torre de la franja de los años noventa. Y el Torre contemporáneo ya es demasiado mayor para meterse en berenjenales.

O tal vez no, quién sabe.

En 1992 estuvieron la Expo en Sevilla y las Olimpiadas en Barcelona. Ahí hay que cortar tela, incluso para un mindundi como es Torre.

Y en la actualidad, o en la actualidad que será si algún día vuelvo con el personaje, quizás haya tela que cortar en las residencias de ancianos donde Torre puede ser uno más.

O un infiltrado empeñado en descubrir por qué alguien los mata.

 

 

 

 

 

Sobre el Autor

Rafael Marin

RAFAEL MARÍN (Cádiz, 1959) ha publicado más de cuarenta libros en diversos géneros: Lágrimas de luz y Mundo de dioses en la ciencia ficción; La leyenda del Navegante en la fantasía épica; La ciudad enmascarada, Ora Pro Nobis y Memento Mori en el terror; Detective sin licencia, Los espejos turbios, Lona de tinieblas, Elemental querido Chaplin en el policial; El anillo en el agua y El niño de Samarcanda en la memoria biográfica; Las campanas de Almanzor, Juglar, Victoria, Don Juan, Elsinor y Odiseo rey en la novela histórica.

Es autor de antologías como Unicornios sin cabeza, El centauro de piedra, Piel de Fantasma o Son de piedra y otros relatos. Entre sus libros de ensayo destacan Hal Foster: una épica postromántica; W de Watchmen y Marvel: Crónica de una época.

Un Comentario

Rafael Marin

RAFAEL MARÍN (Cádiz, 1959) ha publicado más de cuarenta libros en diversos géneros: Lágrimas de luz y Mundo de dioses en la ciencia ficción; La leyenda del Navegante en la fantasía épica; La ciudad enmascarada, Ora Pro Nobis y Memento Mori en el terror; Detective sin licencia, Los espejos turbios, Lona de tinieblas, Elemental querido Chaplin en el policial; El anillo en el agua y El niño de Samarcanda en la memoria biográfica; Las campanas de Almanzor, Juglar, Victoria, Don Juan, Elsinor y Odiseo rey en la novela histórica.

Es autor de antologías como Unicornios sin cabeza, El centauro de piedra, Piel de Fantasma o Son de piedra y otros relatos. Entre sus libros de ensayo destacan Hal Foster: una épica postromántica; W de Watchmen y Marvel: Crónica de una época.